Mulino se desentiende de María Corina Machado: “un problema de los venezolanos, no mío”

José Raúl Mulino pidió elecciones y democracia para Venezuela, pero respondió que el regreso de María Corina Machado es “un problema de los venezolanos, no mío”. Su postura contrasta con los gestos previos de Panamá y deja expuesto el costo político de acompañar a distancia.

Internacionales · Panamá

Mulino se desentiende de María Corina Machado: “un problema de los venezolanos, no mío”

José Raúl Mulino pidió elecciones y democracia para Venezuela, pero respondió que el regreso de María Corina Machado es “un problema de los venezolanos, no mío”. Su postura contrasta con los gestos previos de Panamá y deja expuesto el costo político de acompañar a distancia.

JPNJonatan Palacios NewsPublicado el 23 de septiembre de 2026.
Mulino se desentiende de María Corina Machado: “un problema de los venezolanos, no mío”
Imagen editorial principal: Jonatan Palacios News para esta cobertura.

José Raúl Mulino respondió que el regreso de María Corina Machado a Venezuela es “un problema de los venezolanos, no mío”. La frase, recogida por NTN24 y registrada en el material directo difundido por Reporte Ya, llegó cuando se le consultó en Manhattan por la posibilidad de que la líder democrática volviera a su país. No fue una respuesta administrativa ni una simple reserva diplomática: fue un desmarque político ante una mujer que intenta regresar a la nación de la que ha debido permanecer fuera.

Una frase que rompe el acompañamiento

Mulino había expresado, minutos antes, deseos de que Venezuela tenga elecciones pronto y de que “la democracia vuelva como debe ser”. También pidió que los venezolanos sometidos a cautiverio político recuperen su libertad. Son palabras relevantes en una región donde el régimen venezolano ha reducido el espacio cívico, perseguido a voces disidentes y mantenido a miles de familias separadas por el exilio, el miedo y la persecución. Pero la contundencia de ese mensaje quedó golpeada por su respuesta sobre Machado.

Defender elecciones y democracia supone reconocer que volver al propio país no debería ser un privilegio concedido por el poder de turno. Cuando la dirigente opositora que encarna una demanda de cambio trata de regresar, la solidaridad regional no puede detenerse justo en el punto en que esa decisión se vuelve incómoda. Mulino no tiene que resolver por sí solo el retorno de Machado; nadie le exige atribuirse una tarea que corresponde ante todo a los venezolanos. Lo que sí queda bajo escrutinio es la coherencia de su posición pública.

Panamá ha proyectado gestos de respaldo a la causa democrática venezolana y Mulino reiteró esa aspiración al hablar con NTN24. Por eso la frase pesa más que una evasiva casual. Decir que el regreso de Machado es un asunto ajeno transmite que el apoyo vale mientras permanezca en el terreno de las declaraciones, pero pierde fuerza cuando una aliada de la democracia necesita atravesar obstáculos concretos para volver a casa. Esa es la retirada que revela la respuesta, y es una lectura editorial basada en el contraste entre ambas posturas.

Panamá quedó en medio de una ruta cerrada

El pronunciamiento ocurrió mientras Machado intentaba definir una ruta de regreso. NTN24 informó que la dirigente procuró salir de Panamá por vía marítima, pero la embarcación no zarpó por inconvenientes mecánicos. El mismo medio señaló que las autoridades panameñas habían brindado apoyo y que luego hubo intentos de vuelo hacia Aruba y Curazao que no pudieron despegar. Esos datos retratan una situación en movimiento: una figura central de la oposición venezolana buscaba alternativas para entrar al país y cada trayecto terminaba bloqueado.

La información disponible no convierte a Panamá en el único responsable de esos contratiempos ni permite adjudicar a Mulino el control de cada vuelo, embarcación o decisión de terceros. El punto político es otro y está perfectamente delimitado por sus propias palabras. En vez de sostener un mensaje de acompañamiento frente a una ruta que se complicaba, eligió marcar distancia: “un problema de los venezolanos, no mío”. La cita define el alcance de la crítica sin necesidad de atribuirle hechos que no han sido documentados.

Para quienes han sido obligados a salir de Venezuela o han vivido bajo la amenaza de no poder regresar, el derecho a volver no es una abstracción diplomática. Es la posibilidad de recuperar vínculos, participar en la vida pública y no aceptar que el régimen de Venezuela decida quién puede estar dentro de sus fronteras. Un país vecino no está obligado a sustituir la lucha venezolana, pero sus gestos cuentan cuando esa lucha enfrenta límites prácticos. Por eso la diferencia entre apoyar en teoría y acompañar en el momento difícil tiene consecuencias regionales.

El silencio sobre el encuentro entre Trump y Delcy Rodríguez

Mulino habló después de salir del Hotel Lotte New York Palace, donde, según NTN24, se produjo una reunión entre Donald Trump y Delcy Rodríguez, figura central del régimen venezolano. El mandatario panameño confirmó el encuentro, pero evitó explicar qué se discutió. Sobre Rodríguez, dijo que había sido “muy atenta”. Su decisión de no aportar detalles deja sin respuesta pública un episodio de alto interés para Venezuela y para los países que han defendido una salida democrática.

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El escenario importa porque la conversación entre Trump y Rodríguez ocurre en un momento de presión y reacomodo internacional alrededor de Venezuela. La referencia de Mulino a elecciones y democracia contrasta con el tono amable empleado al describir a una figura del aparato que controla el poder en Caracas. No se trata de exigir que revelara deliberaciones privadas ni de fabricar conclusiones sobre una reunión cuyos contenidos no expuso. Se trata de observar que su prudencia frente al régimen fue acompañada por una desvinculación explícita frente al regreso de Machado.

Ese doble registro —reserva sobre una conversación con Delcy Rodríguez y distancia ante el retorno de la principal figura opositora— explica por qué la declaración no puede leerse como una frase inocua. La política exterior también se expresa en aquello que un líder elige priorizar cuando tiene un micrófono delante. Mulino pudo sostener que Venezuela debe recuperar su democracia y, al mismo tiempo, reconocer que ninguna causa democrática puede pedirle a sus referentes que permanezcan fuera sin que la región alce la voz. Optó por no hacerlo.

La democracia no se acompaña desde la orilla

La discusión no busca trasladar a Panamá la responsabilidad total de la crisis venezolana. La salida de esa crisis depende de los venezolanos, de su organización y de la capacidad de imponer una transición que devuelva derechos y garantías hoy negados por el régimen. Pero los gobiernos y líderes de la región sí eligen cómo se relacionan con esa demanda: pueden respaldarla de manera consistente o reducirla a una fórmula correcta, útil para una declaración, pero frágil cuando exige una posición concreta.

Machado no pidió en esta declaración que Mulino decidiera el futuro de Venezuela. El asunto planteado por la pregunta era su regreso a su propio país, después de meses fuera de él. Según 14ymedio, la dirigente afirmó a The Wall Street Journal que era “hora de volver” y explicó que su presencia podría ayudar a ordenar y canalizar hacia un proceso electoral la demanda de cambio. Esa afirmación sitúa el retorno como una decisión política con efectos sobre el debate venezolano, no como un traslado privado sin relevancia pública.

Panamá conoce el peso simbólico de su ubicación en la región y ha sido escenario de episodios relevantes para la política venezolana. Precisamente por eso sus palabras tienen una audiencia que rebasa sus fronteras. El apoyo democrático no obliga a prometer resultados que no se pueden garantizar. Sí exige evitar expresiones que conviertan la suerte de una dirigente perseguida y exiliada en un problema del que conviene lavarse las manos. La distancia puede ser diplomática; el desentendimiento tiene un costo político.

Volver a Venezuela no puede tratarse como un asunto ajeno

La frase de Mulino debe quedar fijada junto a todo su mensaje, no aislada de él. Dijo que deseaba elecciones y el regreso de la democracia; pidió libertad para quienes siguen sometidos a cautiverio político; y luego respondió que el retorno de Machado era un problema venezolano y no suyo. Esa secuencia es la evidencia central. Permite ver una contradicción concreta entre el respaldo general a la democracia y la falta de acompañamiento verbal ante una de sus pruebas más visibles.

María Corina Machado representa para numerosos venezolanos una demanda de cambio que el régimen ha intentado contener mediante cierres, amenazas y exclusiones políticas documentadas durante años por organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos. En ese contexto, su regreso tras meses fuera del país no es un detalle secundario. Es una decisión que toca el derecho de participación de una sociedad que sigue buscando una salida democrática y la posibilidad de que sus liderazgos puedan actuar sin ser obligados al silencio o al exilio.

La solidaridad hemisférica no se mide solo por las frases de deseo, sino por la capacidad de sostenerlas cuando la democracia deja de ser un concepto cómodo y adquiere el rostro de una persona que quiere volver a su país. Mulino no tiene que resolver el destino de Venezuela, pero tampoco puede presentar como ajena la situación de Machado después de invocar elecciones y libertad. Panamá y los demás actores regionales deben decidir si su respaldo es una posición con consecuencias o una declaración que se diluye cuando llega la hora decisiva.

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