Investigaciones · Venezuela
Hugo Marino suma un nuevo expediente tras siete años de respuestas ausentes
Elizabeth Márquez, esposa de Hugo Marino, informó que se abrió un expediente sobre su desaparición después de siete años sin avances concluyentes. La familia también denuncia la pérdida del primer archivo y sostiene públicamente una pregunta que sigue sin respuesta.

Elizabeth Márquez, esposa de Hugo Marino, anunció la apertura de un nuevo expediente sobre la desaparición de su esposo, siete años después de que la familia comenzara a exigir respuestas. Su declaración no describe un desenlace, sino el retorno del caso a un registro que vuelve a reunir nombres, señalamientos y una ausencia que atraviesa el tiempo. Para quienes han sostenido esa búsqueda, la novedad llega después de un camino marcado por un primer archivo que, según Márquez, se extravió y dejó de avanzar.
El anuncio que devuelve el caso a un expediente
Márquez explicó que el nuevo expediente acaba de abrirse y que la familia está trabajando alrededor de ese trámite. Al referirse a la Fiscalía, introdujo un matiz de desconfianza al decir que estaba trabajando “entre comillas” para investigar. La frase concentra la contradicción que plantea la familiar: existe un movimiento formal alrededor del caso, pero siete años de desaparición impiden presentar esa apertura como una respuesta suficiente para Hugo Marino y para quienes lo esperan.
El dato central de su testimonio es concreto: hay un expediente reciente en torno a una desaparición que sigue sin una conclusión comunicada por la familia. Un expediente ordena papeles, actuaciones y nombres; no devuelve por sí mismo el tiempo que la ausencia ha arrebatado. Por eso la declaración de Márquez coloca el foco en el punto de partida de una nueva etapa y en la distancia entre abrir un archivo y ofrecer una explicación sobre el destino de una persona desaparecida.
La familia habla desde esa distancia. La noticia de la apertura no borra lo ocurrido durante los años anteriores ni reemplaza las preguntas que permanecen en el centro del caso. Su intervención pública deja asentado que la desaparición de Hugo Marino continúa siendo un asunto vivo, con una esposa y una madre que sostienen sus reclamos frente al régimen de Venezuela y frente a una estructura que, según denuncian, no les ha dado una respuesta.
Siete años convertidos en una cronología inconclusa
La cifra de siete años no es un dato de contexto intercambiable. Nombra un período entero de espera para una familia que sigue sin conocer una respuesta concluyente sobre Hugo Marino. Cada año suma fechas familiares, decisiones aplazadas y la obligación de volver a explicar una ausencia que no debería normalizarse. Márquez situó la apertura del nuevo expediente precisamente contra esa duración: no como un episodio aislado, sino como un paso que llega después de una búsqueda prolongada.
La cronología expuesta por la familia tiene tres puntos principales. Primero, la desaparición de Hugo Marino. Después, la existencia de un primer expediente que Márquez afirma que se extravió y dejó de avanzar. Finalmente, la reciente apertura de otro expediente, alrededor del cual la familia vuelve a trabajar. Esa secuencia muestra una continuidad: la documentación cambia de etapa, pero la pregunta principal conserva la misma gravedad porque la persona desaparecida no ha regresado y su familia sigue sin una explicación concluyente.
Ordenar esa cronología importa porque evita que la apertura actual borre la historia anterior. El primer archivo forma parte de lo que la familia está señalando: no se trata solo de un antecedente administrativo, sino de un documento que, de acuerdo con Márquez, contenía acusaciones y después desapareció del curso del caso. Mantener visibles ambas etapas permite entender por qué el anuncio de un nuevo expediente convive con el escepticismo expresado por la esposa de Hugo Marino.
El primer archivo y los señalamientos atribuidos
Márquez afirmó que en el primer expediente se le imputaban a Hugo Marino señalamientos como “traición a la patria” y “asociación para delinquir”. La familiar relató que ese archivo se extravió y que, tras ello, dejó de avanzar. Son elementos que ella atribuye a la trayectoria del caso y que adquieren un peso particular porque aparecen vinculados a la desaparición de una persona cuya familia sigue reclamando información y verdad.
La mención de aquellos señalamientos no convierte una imputación atribuida por la familia en una condena ni desplaza a Hugo Marino del centro de la historia. Lo que Márquez expone es que el primer expediente contenía etiquetas graves mientras la desaparición permanecía sin una respuesta concluyente. La coexistencia de esas acusaciones con la falta de una explicación sobre su paradero es parte de la contradicción que la familia lleva al espacio público.
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También revela por qué el nuevo expediente no puede leerse separado del anterior. Si el primer archivo se perdió, como sostiene Márquez, la familia vuelve a cargar con la tarea de reconstruir referencias, actuaciones y preguntas que ya habían sido llevadas a una instancia del aparato venezolano. El valor de su testimonio está en fijar esa versión con nombres y secuencia: hubo un primer expediente, hubo señalamientos atribuidos a Hugo Marino y, según la esposa, ese camino se interrumpió antes de aclarar su desaparición.
La acusación que Márquez vincula con Diosdado Cabello
Durante sus declaraciones, Márquez afirmó que ha recibido versiones de distintas fuentes según las cuales Diosdado Cabello no permite que la investigación siga su curso. La acusación está formulada por ella y se apoya, según explicó, en información que no puede atribuir públicamente a personas determinadas. Su palabra no presenta esa versión como un dato resuelto: la coloca como una denuncia directa sobre el obstáculo que, a juicio de la familia, ha pesado sobre el caso.
La importancia de esa denuncia no depende de convertirla en un hecho probado. Márquez la hizo pública al describir el bloqueo que percibe después de siete años de búsqueda. Nombrar a Diosdado Cabello sitúa una responsabilidad que la esposa de Hugo Marino atribuye a las versiones recibidas y rompe con la idea de que el paso del tiempo pueda diluir a quienes la familia señala. La precisión está en conservar quién lo dijo, qué afirmó y sobre qué base expresó esa acusación.
Beatriz Salas de Marino, madre de Hugo, llevó la pregunta a un plano aún más personal al interpelar públicamente a Cabello: “¿Fuiste tú, Diosdado, que diste esa orden?”. No es una conclusión judicial ni una afirmación presentada como demostrada; es la voz de una madre que exige explicación por la desaparición de su hijo. La pregunta registra el nivel de desamparo que atraviesa a la familia y la decisión de no aceptar el silencio como una versión final de lo ocurrido.
La familia frente a una respuesta que no llega
Márquez sostuvo que, pese a las diligencias impulsadas por la familia, no han recibido una respuesta del régimen de Venezuela. Esa afirmación resume una experiencia de perseverancia que no puede reducirse al movimiento de expedientes. Durante siete años, la esposa y la madre de Hugo Marino han debido volver a nombrarlo, explicar que está desaparecido y reclamar una respuesta en un entorno donde el aparato señalado controla las instancias que aparecen asociadas al trámite.
El costo humano está en esa repetición. Una desaparición prolongada no queda suspendida en una fecha ni en el lenguaje de un archivo: invade la vida de quienes esperan, obliga a conservar recuerdos, sostiene una incertidumbre permanente y expone a la familia a volver sobre las mismas preguntas. Las declaraciones de Márquez y Salas de Marino muestran que el reclamo no es abstracto. Tiene el nombre de Hugo Marino, el paso de siete años y la carga de un primer expediente que, según la familia, desapareció sin aportar una respuesta.
La apertura de otro expediente puede incorporar actuaciones nuevas, pero el centro del caso sigue siendo la persona desaparecida y el derecho de su familia a que su historia no sea desplazada por fórmulas burocráticas. Márquez habló de un trabajo que apenas comienza alrededor de ese registro; Salas de Marino mantuvo una pregunta dirigida a quien considera responsable. Ambas intervenciones preservan una exigencia común: que la desaparición de Hugo no sea convertida en un trámite ordinario ni en una historia que el silencio consiga borrar.
Memoria pública para una futura rendición de cuentas
Las declaraciones de la esposa y la madre de Hugo Marino dejan una constancia pública que debe permanecer unida: la desaparición, los siete años transcurridos, el primer expediente que Márquez dice que se extravió, la apertura de otro archivo y las acusaciones que ambas formularon. Esa secuencia permite que el caso conserve rostros, fechas relativas y voces identificables, en vez de quedar reducido a un anuncio aislado sobre un trámite reciente.
La evidencia ciudadana disponible también se construye con testimonios que sostienen una memoria frente al silencio. La publicación y preservación de las palabras de Márquez y Salas de Marino fijan qué denuncian, a quién mencionan y qué reclaman después de tanto tiempo. No sustituyen la verdad que la familia busca sobre Hugo Marino, pero impiden que las etapas expuestas por ellas desaparezcan de la conversación pública junto con el primer archivo que, según Márquez, se perdió.
En una Venezuela libre, con instituciones independientes reconstruidas, esa cronología y los documentos asociados podrán ser examinados sin el control del aparato que hoy concentra el poder. Hasta entonces, la memoria pública del caso exige mantener visible a Hugo Marino, acompañar la voz de su esposa y su madre y preservar cada elemento que la familia ha puesto en conocimiento. Siete años después, el nuevo expediente debe sumar a esa memoria, no reemplazar la exigencia de verdad sobre su desaparición.