Justicia X Libertad · Yare II, Miranda, Venezuela
Miguelina Vásquez denuncia torturas y abandono médico contra Jesús Medina en Yare II
Jesús Rafael Medina Vásquez, ingeniero de 40 años y paciente renal, permanece secuestrado en Yare II, según la denuncia de su madre. Miguelina Vásquez reclama atención especializada, fe de vida y libertad inmediata tras relatar golpes, descargas eléctricas, aislamiento y amenazas contra su familia.

Jesús Rafael Medina Vásquez, ingeniero de 40 años y paciente renal desde la infancia, sigue secuestrado en Yare II mientras su madre denuncia un deterioro físico y emocional extremo. Miguelina Vásquez afirma que su hijo necesita atención médica especializada y que, en el lugar donde permanece bajo custodia de facto, ha sufrido golpes, descargas eléctricas, aislamiento y otras formas de trato cruel. Para ella, cada día sin un urólogo, un cardiólogo y medicamentos agrava un riesgo que ya no puede presentarse como una espera ordinaria.
Un mercado terminó en una detención sin identificación
La historia comenzó el 27 de diciembre de 2025 en Maracay, estado Aragua. Miguelina Vásquez relató a El Pitazo que salió con su hijo a hacer mercado cuando varios hombres armados, movilizados en vehículos particulares, los interceptaron. Según su denuncia, quienes se llevaron a Jesús Rafael no se identificaron ni mostraron una orden judicial. La escena dejó a la familia ante una violencia súbita, fuera de cualquier mínima certeza sobre quién asumía el control de su vida.
La madre también denunció que aquellos hombres apuntaron sus armas contra ella y contra su nieto de seis años. Ese detalle describe el alcance humano del episodio: no fue solo la desaparición de un ingeniero que acompañaba a su madre a comprar alimentos, sino el miedo impuesto sobre una mujer y un niño que presenciaron cómo se lo llevaban. Desde entonces, la familia carga con la ausencia y con la obligación de pedir públicamente que Jesús Rafael vuelva con vida.
Vásquez identifica a su hijo como un preso político y rechaza que el caso sea tratado como un expediente rutinario. Su relato sitúa la persecución antes de Yare II: en la calle, frente a sus familiares y bajo la amenaza de armas. Llamar por su nombre a Jesús Rafael Medina Vásquez importa porque el cautiverio político busca precisamente borrar la persona detrás de una acusación y convertirla en silencio.
Golpes, descargas y aislamiento en el centro de cautiverio
Ya en Yare II, Miguelina Vásquez denuncia que su hijo ha sido sometido a golpes, descargas eléctricas y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes. La denuncia no habla de una incomodidad ni de un deterioro abstracto: describe agresiones que, según la madre, han afectado el cuerpo y la estabilidad emocional de un hombre con enfermedades previas. Las estructuras que controlan ese centro de cautiverio tienen bajo su poder la vida de Jesús Rafael y no pueden eludir esa responsabilidad directa.
Uno de los episodios más graves, de acuerdo con el testimonio familiar, ocurrió el 28 de julio. Cuando los allegados acudieron a Yare II, les informaron que Jesús Rafael estaba aislado, pero no les permitieron verlo ni les dieron información sobre su paradero. Para una madre, la incomunicación no es una formalidad: es la imposibilidad de saber si su hijo come, si recibe medicinas, si puede oír, si sigue consciente o si necesita ayuda urgente.
Días después de ese aislamiento, la familia observó lesiones en su rostro, sangrado por un oído y por la nariz, además de una pérdida temporal de la audición, según el relato de Vásquez. Son señales que la madre vincula con las torturas denunciadas. La circulación y preservación de ese testimonio, de las fechas y de cualquier registro médico o fotográfico disponible son una forma de impedir que el daño quede enterrado detrás de los muros de Yare II.
Un paciente renal sin especialistas ni medicinas
Jesús Rafael padece hidronefrosis crónica en el riñón izquierdo desde los siete años, explicó su madre. Vásquez también señaló que su hijo sufre hipertensión, prostatitis y gastritis, afecciones que, según ella, se han agravado durante el cautiverio y las torturas que denuncia. No se trata de una condición que pueda aplazarse indefinidamente: la salud renal exige seguimiento y cualquier demora puede tener consecuencias graves.
La madre sostiene que su hijo necesita ser evaluado por un urólogo y un cardiólogo, pero que no ha recibido esa atención ni los medicamentos que requiere. Sus solicitudes ante instancias controladas por el mismo aparato que mantiene el cautiverio no han producido una consulta especializada, según relató. El Estado secuestrado por el Cártel de los Soles no puede ser presentado como un árbitro neutral de una denuncia dirigida contra las estructuras que ejercen la custodia de facto.
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La exigencia de atención no desplaza la demanda central de libertad; la vuelve más urgente. Jesús Rafael no debe esperar a que una enfermedad empeore para que su vida sea tomada en serio. Su familia reclama fe de vida constante, acceso independiente a médicos especialistas y la posibilidad de que una defensa de confianza acompañe un caso que, de acuerdo con la denuncia de su madre, ha estado marcado por el aislamiento, la violencia y la desprotección deliberada.
Las amenazas alcanzan a quienes piden libertad
El ensañamiento que denuncia Miguelina Vásquez no termina con su hijo. La madre aseguró que su familia recibió amenazas para dejar de exigir la liberación de Jesús Rafael y para bajar el tono de sus publicaciones en redes sociales. Según contó a El Pitazo, a una de sus hijas le hicieron llegar el mensaje de que conocían dónde vivían, trabajaban y estaban los niños. La advertencia apunta a silenciar a quienes han decidido no aceptar el secuestro como una realidad normal.
La amenaza contra una familia modifica la vida cotidiana: obliga a medir cada salida, cada llamada y cada denuncia pública. También confirma por qué el acompañamiento ciudadano es decisivo. Las voces de Miguelina, de sus hijas y de quienes conocen el caso mantienen visible a Jesús Rafael cuando la incomunicación pretende aislarlo de su comunidad y dejar a los suyos solos frente al miedo.
Publicar el testimonio no expone a la familia como un recurso narrativo; protege su derecho a nombrar lo que está ocurriendo. La memoria pública debe conservar la fecha de la detención, el relato sobre los hombres armados, el aislamiento del 28 de julio, las lesiones que la familia observó y las amenazas posteriores. Cada elemento tiene valor porque pertenece a una persona concreta y a una familia que exige volver a abrazarla sin temor.
Una acusación que la madre considera fabricada
Sobre los señalamientos de terrorismo, financiamiento al terrorismo y asociación para delinquir atribuidos a Jesús Rafael, Miguelina Vásquez sostiene que se trata de acusaciones fabricadas para silenciarlo. La madre dijo que lo señalan de conspirar para matar a Nicolás Maduro y respondió que su hijo no tiene relación con ese hecho. Esa es la posición de la familia; no convierte la acusación en una verdad ni permite que se use como excusa para la tortura, la incomunicación o el abandono médico denunciados.
Vásquez describe a Jesús Rafael como un hombre decente y profesional. Esa definición no es un adorno: devuelve dimensión humana a alguien que ha sido reducido por el aparato persecutorio a etiquetas penales. Antes de ser ingeniero, paciente renal o preso político, es hijo, padre y miembro de una familia que ha visto cambiar su vida desde aquella mañana en Maracay.
La madre pidió ayuda internacional y nombró a Donald Trump, Marco Rubio, María Elvira Salazar y defensores de derechos humanos. Su llamado no promete una solución automática; expresa la urgencia de que actores externos escuchen, acompañen y presionen ante un cautiverio que, según ella, pone en peligro la vida de su hijo. La comunidad internacional puede contribuir a que la denuncia no sea aislada ni reducida al margen de un expediente controlado por quienes ejercen la persecución.
La libertad de Jesús Rafael no admite más demora
La respuesta necesaria es la liberación inmediata, plena e incondicional de Jesús Rafael Medina Vásquez, junto con acceso médico independiente y fe de vida permanente para su familia. Quienes mantienen la custodia de facto en Yare II son responsables directos de que reciba atención sin dilaciones y de que cese cualquier tortura, aislamiento o amenaza denunciada. La enfermedad no puede ser una herramienta adicional de castigo político.
El expediente público de este caso se sostiene hoy en la palabra de Miguelina Vásquez, en la cronología que ha relatado, en los posibles registros de lesiones y en las peticiones formales de la familia. Preservar esos elementos, compartirlos y sumar acompañamiento de organizaciones independientes permite que la historia de Jesús Rafael no sea alterada ni borrada. En una Venezuela libre, con instituciones reconstruidas fuera del control de las estructuras denunciadas, esa memoria deberá servir para esclarecer responsabilidades y reparar a las víctimas.
Mientras tanto, Jesús Rafael necesita libertad y atención ahora, no explicaciones tardías. Miguelina Vásquez continúa hablando porque entiende que el silencio puede costarle la vida a su hijo. Su denuncia deja una certeza humana: ningún hombre enfermo debe ser apartado de su familia, golpeado en la oscuridad o privado de medicina por exigir un país donde vivir sin miedo.