Investigaciones · Venezuela
Trump afirma que controla Venezuela y presume ingresos petroleros de cientos de miles de millones
Donald Trump aseguró el 2 de noviembre que Estados Unidos controla Venezuela, instaló representantes en el país y recibe petróleo por cientos de miles de millones de dólares. Sus palabras reabren el debate sobre quién administra los ingresos, qué contratos los rigen y por qué la riqueza petrolera no se traduce en bienestar para los venezolanos.

Donald Trump afirmó el 2 de noviembre que Estados Unidos tiene «control total» sobre Venezuela, que ha colocado representantes dentro del país y que recibe petróleo venezolano por cientos de miles de millones de dólares. La declaración no fue una referencia aislada a una operación comercial: presentó a Venezuela como un territorio bajo dominio estadounidense y colocó sus recursos energéticos en el centro de un mensaje político dirigido a la audiencia de su país. Para los venezolanos, la frase abre una cuestión inmediata: quién decide sobre un patrimonio nacional mientras la población continúa enfrentando una crisis que la riqueza petrolera no ha resuelto.
La frase que convirtió a Venezuela en una posesión
En dos entrevistas televisadas emitidas antes de la jornada electoral legislativa estadounidense, Trump aseguró que Washington controla Venezuela y que allí instaló a «nuestra gente». También sostuvo que, al sumar el petróleo de Estados Unidos y Venezuela, ambos países reúnen más de la mitad del crudo mundial. La escena política fue precisa: un presidente estadounidense describió la relación con otro país como una posesión estratégica, ligó esa supuesta ventaja al combustible y la presentó como prueba de una victoria propia.
La formulación se suma a expresiones previas de Trump sobre una «conquista de Venezuela» y una guerra ganada en un día. Al repetir ese lenguaje, el mandatario desplaza a los venezolanos del centro de una discusión que trata sobre sus reservas, sus exportaciones y sus condiciones de vida. La palabra conquista no es una descripción técnica de contratos, inversiones o depósitos bancarios; convierte una nación en botín discursivo y su petróleo en trofeo de campaña.
El interés de la Casa Blanca por el petróleo venezolano ha quedado expuesto desde enero, cuando Washington anunció que comercializaría crudo del país sudamericano y canalizaría los ingresos iniciales a cuentas bajo control estadounidense. Más tarde se hicieron públicos acuerdos para campos petroleros específicos. Esa secuencia explica por qué Trump habla de gestión, acceso e ingresos; no convierte a Venezuela en una propiedad de Estados Unidos ni elimina el derecho de los venezolanos a conocer cada condición que compromete sus recursos.
Reservas no son barriles disponibles ni propiedad nacional
La cifra de «más del 50 %» exige separar conceptos que Trump mezcló. Venezuela concentra aproximadamente 303.000 millones de barriles de reservas probadas, cerca del 17 % del total mundial. Estados Unidos cerró 2024 con unos 46.000 millones de barriles de reservas probadas. Aun al sumar la totalidad de ambas cifras, el resultado ronda 349.000 millones de barriles: cerca de una quinta parte de las reservas mundiales, muy lejos de la mitad que el mandatario afirmó haber asegurado.
Las reservas, además, no equivalen a barriles listos para vender ni a dinero disponible. Gran parte del crudo venezolano es extrapesado y requiere diluyentes, infraestructura, tecnología, capital y condiciones operativas sostenidas para convertirse en producción comercial. Confundir reservas geológicas con ingresos inmediatos permite anunciar una riqueza gigantesca sin explicar cuánto puede extraerse, a qué costo, bajo qué contrato y quién asume las consecuencias de cada decisión sobre los campos petroleros.
La comparación con la producción muestra una distancia decisiva. Los registros energéticos de 2025 sitúan a Estados Unidos en alrededor de 13,6 millones de barriles diarios de crudo y condensados; Venezuela aparece cerca de 973.000 barriles diarios. Estados Unidos lidera por volumen extraído, mientras Venezuela posee la mayor reserva probada conocida. Esa brecha desmonta cualquier relato que presente las reservas venezolanas como una caja ya abierta: tener petróleo bajo tierra y lograr producirlo de forma sostenida son realidades distintas.
El acuerdo anunciado a finales de agosto se concentró en 17 campos y en unas reservas probadas cercanas a 65.000 millones de barriles, con concesiones de largo plazo para una empresa privada. Ese alcance puede ser enorme y merece escrutinio, pero tampoco equivale al control automático de los 303.000 millones de barriles del país. Los anuncios sobre participación económica, derechos de gestión y acceso preferente deben leerse campo por campo, porque cada cifra cambia la escala real del poder que Washington reclama.
Cuentas bajo control estadounidense y cifras sin desglose público
Un decreto emitido en Washington el 9 de enero estableció que los fondos procedentes de ventas de recursos naturales venezolanos depositados en cuentas designadas serían propiedad soberana de Venezuela, aunque permanecerían en custodia gubernamental estadounidense. El mismo texto bloqueó transferencias o disposiciones fuera de las autorizaciones previstas. La arquitectura financiera, por tanto, combina una titularidad venezolana declarada con un control operativo estadounidense sobre cuentas, desembolsos y reglas de acceso.
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Esa diferencia importa porque Trump habló de petróleo que Estados Unidos «recibe» y de ganancias de cientos de miles de millones de dólares, mientras el decreto presenta los fondos como recursos venezolanos bajo custodia. La contradicción no es semántica. Una cosa es comercializar crudo, administrar cuentas o reclamar derechos sobre concesiones; otra es atribuirse el país y sus ingresos como si fueran propiedad propia. Los términos del poder económico deben ser visibles para quienes viven las consecuencias de esas decisiones.
Las estimaciones difundidas sobre ingresos petroleros desde enero los sitúan alrededor de 13.000 millones de dólares, una magnitud muy inferior a los cientos de miles de millones que Trump repitió. El desfase es enorme incluso antes de preguntar cuánto se ha utilizado para operaciones, cuánto permanece depositado, qué porción llegó al país y en qué partidas se aplicó. Un titular político puede inflar una cifra; las transferencias, los cargamentos, los precios de venta y los estados de cuenta son los elementos que permiten medir el alcance real de un negocio petrolero.
La intervención estadounidense en la comercialización tampoco libera a la estructura que controla el poder en Venezuela de las preguntas sobre el destino interno de los recursos. Delcy Rodríguez y el régimen venezolano aparecen en una relación donde los acuerdos energéticos avanzan con condiciones negociadas fuera de la vista de la población. Mientras Washington exhibe el acceso al crudo como éxito geopolítico y el aparato chavista conserva control territorial y administrativo, los venezolanos quedan ante una cadena de decisiones que afecta su patrimonio sin un desglose público completo de sus resultados.
La brecha petrolera que paga la población
La industria venezolana arrastra un deterioro que ayuda a explicar por qué las mayores reservas del planeta conviven con una producción reducida. A finales de la década de 1990 el país extraía alrededor de tres millones de barriles diarios. Para 2013 la cifra se había reducido a unos 2,7 millones y en 2025 quedó por debajo de un millón. La caída atravesó años de control político sobre la empresa petrolera estatal, pérdida de capacidad técnica, falta de inversión, fallas eléctricas y dificultades para obtener diluyentes.
Ese historial no autoriza a presentar la riqueza venezolana como premio para una potencia extranjera. Explica, por el contrario, la magnitud de lo que está en juego cuando se negocian campos, cuentas y exportaciones. Cada barril extraído de la Faja del Orinoco requiere infraestructura que fue degradada durante años y decisiones que condicionarán a comunidades, trabajadores y consumidores. La recuperación de la producción puede traer ingresos, pero sin trazabilidad pública también puede prolongar el patrón por el cual el petróleo circula entre élites y estructuras de poder mientras el país sigue empobrecido.
La distancia entre reservas y vida cotidiana es el dato que la retórica de Trump deja fuera. Un país puede figurar primero en una tabla de reservas y, al mismo tiempo, vivir con servicios deteriorados, salarios insuficientes, apagones, hospitales en precariedad y familias separadas por la migración. El petróleo no llega a una cocina, a una escuela o a un centro de salud por el simple hecho de estar contabilizado en un yacimiento. Llega cuando existen contratos claros, inversión responsable, administración verificable y decisiones orientadas a la gente.
La presión por el costo de vida y el precio de la gasolina en Estados Unidos ayuda a entender el momento elegido para la declaración. Venezuela reaparece en el discurso estadounidense como reserva disponible, fuente de oferta y argumento electoral. Pero el interés de otro país en estabilizar sus precios no puede borrar la pregunta venezolana sobre la distribución de los beneficios. El debate no trata solo de cuántos barriles se venden, sino de quién define su destino y qué parte de esa renta se convierte en reparación de un daño social acumulado.
Venezuela no es una cifra de campaña
Hablar de control total sobre Venezuela tiene consecuencias que superan una frase de televisión. Normaliza la idea de que una potencia puede describir la soberanía de otro país en términos de conquista y luego contabilizar su petróleo como un activo político propio. También ofrece al régimen venezolano una nueva opacidad: mientras el discurso de Washington habla de dominio, la población carece de una explicación consolidada sobre volúmenes vendidos, ingresos recibidos, comisiones, costos, destinos y compromisos asumidos en su nombre.
La evidencia disponible debe preservarse como expediente público: los decretos que regulan las cuentas, los contratos de concesión, las cifras de producción, los registros de exportación, los movimientos financieros y cada declaración de quienes negocian el crudo. Ordenar esa cronología impide que una promesa de prosperidad o una proclama de conquista reemplace los documentos. En una futura Venezuela libre, con instituciones independientes reconstruidas, esos registros deberán permitir establecer responsabilidades, revisar contratos y decidir cómo recuperar para los venezolanos el control efectivo de su riqueza.
Trump convirtió el petróleo venezolano en prueba de su poder; los datos muestran una industria con reservas inmensas, producción limitada e ingresos cuya ruta debe ser expuesta con precisión. Venezuela no es una extensión de la campaña de ningún dirigente extranjero ni un depósito que el aparato chavista pueda administrar en silencio. Cada barril, cada contrato y cada dólar ligado a esa riqueza pertenece a una historia nacional que exige memoria pública hoy y rendición de cuentas cuando el país pueda decidir libremente sobre su futuro.