Amazonía pierde 33 mil hectáreas de agua

Un análisis de 722 microcuencas en Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela registró la pérdida de cerca de 33 mil hectáreas de agua natural entre 2000 y 2024. En varios territorios indígenas, las pozas que dejó la minería aumentan la superficie azul de los mapas, pero contaminan ríos, desplazan peces y obligan a comunidades a comprar agua.

SIPA · Venezuela

Amazonía pierde 33 mil hectáreas de agua

Un análisis de 722 microcuencas en Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela registró la pérdida de cerca de 33 mil hectáreas de agua natural entre 2000 y 2024. En varios territorios indígenas, las pozas que dejó la minería aumentan la superficie azul de los mapas, pero contaminan ríos, desplazan peces y obligan a comunidades a comprar agua.

JPNJonatan Palacios NewsPublicado el 24 de septiembre de 2026.
Amazonía pierde 33 mil hectáreas de agua mientras crecen pozas mineras imbebibles
Imagen editorial principal: Jonatan Palacios News para esta cobertura.

En Arazaire, una comunidad harakmbut de la Amazonía sur del Perú, las familias que durante generaciones bebieron, pescaron y se reunieron junto al río Inambari hoy compran agua para consumir. Ese costo cotidiano resume una crisis mucho mayor: entre 2000 y 2024, las cuencas de los ríos Beni, Caquetá, Madre de Dios y Caroní perdieron cerca de 33 mil hectáreas de agua natural, según el análisis regional difundido por Mongabay Latam.

Un mapa más azul puede esconder un río destruido

La investigación examinó 722 microcuencas amazónicas de Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela. En 393 de ellas se redujo la superficie de agua natural. La cifra equivale a más de dos veces el área del Parque Nacional Natural Tayrona y obliga a mirar más allá de la aparente abundancia de agua de una de las regiones más biodiversas del planeta.

El hallazgo central rompe una ilusión que puede instalarse al observar imágenes satelitales: una cuenca puede verse más azul y, al mismo tiempo, ofrecer menos agua útil para la vida. Parte de esa nueva superficie corresponde a pozas abiertas por la minería legal e ilegal. No son nuevos ríos ni lagunas recuperadas; son cuerpos de agua artificiales asociados a la remoción del suelo y a una actividad que deja a comunidades enteras sin una fuente segura para beber o pescar.

El equipo periodístico y científico que trabajó con datos de MapBiomas Agua encontró que, por cada cinco hectáreas de agua artificial nueva, más de cuatro aparecieron en territorios indígenas. En 64 microcuencas donde surgieron pozas mineras hay territorios indígenas. La carga no cae en un espacio vacío: llega a pueblos que sostienen su alimentación, su movilidad, sus prácticas culturales y su relación con el bosque alrededor de esos cauces.

El Caroní pierde agua detrás de los embalses

En Venezuela, la cuenca del Caroní forma parte de ese retrato regional. Los datos de MapBiomas Venezuela citados en la investigación indican que la superficie de agua de 98 ríos afluentes y embalses de esa cuenca cayó 5,8 %. El dato importa porque el Caroní no es una línea en un mapa: sus ríos y quebradas conectan bosques, fauna acuática, comunidades y ciclos de agua que sostienen el territorio.

Más de tres cuartas partes del agua medida en la cuenca están contenidas en los grandes embalses de Guri, Macagua y Caruachi. Esa concentración puede disimular la pérdida que ocurre en ríos menores, donde la degradación avanza con menos visibilidad pública. Cuando disminuye o se altera el agua que corre libre, también se estrecha el hábitat de peces, anfibios, aves y otros seres que dependen de las orillas, los caños y los bosques inundables.

La investigación identifica una presión acumulada: minería, ganadería, deforestación, hidroeléctricas y cambio climático. No actúan con el mismo peso en cada microcuenca, pero comparten una consecuencia: la naturaleza deja de ser capaz de sostener las relaciones de vida que el territorio había mantenido. Reducir el problema a una cifra de hectáreas sería ignorar que el agua natural no es un saldo intercambiable por una poza excavada.

Arazaire: pagar por el agua junto al Inambari

La comunidad de Arazaire permite poner rostro a esa paradoja. Sus pobladores relataron a Mongabay Latam que la actividad minera alteró el cauce del Inambari y volvió turbia el agua de ríos y quebradas que antes usaban. Las imágenes satelitales registran más superficie de agua que hace dos décadas, pero en el territorio esa expansión está asociada a pozas, sedimentos y contaminación que impiden beber o pescar como antes.

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En la cuenca del Madre de Dios se analizaron 84 microcuencas. Entre 2000 y 2023 aparecieron cerca de 13 mil hectáreas de agua artificial que antes no existían, concentradas casi por completo en las zonas con minería registrada. En 45 de esas microcuencas se acumuló el 99,7 % de esa nueva superficie; tres de ellas concentran la mayor parte. El dato no describe una recuperación ecológica, sino la huella territorial de una extracción que ha transformado cauces y bosques.

La Federación Nativa del Río Madre de Dios y Afluentes confirmó a la investigación que dos de cada tres comunidades indígenas agrupadas en la organización deben comprar agua. Para las familias, esa compra no reemplaza lo perdido: el río era alimento, transporte, espacio de crianza, memoria y convivencia. Los relatos de Arazaire recuerdan peces como el sábalo y el zúngaro en lugares donde hoy predominan lodo y pozas estancadas.

La vida silvestre no cabe en una hectárea artificial

Las cuencas amazónicas no son depósitos de recursos separados de quienes habitan el bosque. Los ríos transportan nutrientes, conectan refugios de reproducción y sostienen cadenas de vida que incluyen peces, insectos, anfibios, aves, mamíferos y comunidades humanas. Cuando la minería abre pozas y la deforestación rompe las riberas, el daño se desplaza por el agua: no se detiene en el punto donde entró la maquinaria.

En Colombia, el análisis señala a la deforestación vinculada a la ganadería como la presión dominante en varias microcuencas del Caquetá; en Bolivia, la minería aparece asociada a cambios marcados en la superficie de agua. La lectura conjunta evita una explicación única para toda la Amazonía, pero confirma que el avance de actividades extractivas y la pérdida de bosque están cambiando los sistemas hídricos en los cuatro países.

Desde una mirada animalista y vegana, no hay progreso en sustituir un río vivo por agua inmóvil y contaminada. Los animales silvestres no son un daño colateral aceptable de la extracción de oro, la expansión ganadera o la tala. Tampoco las comunidades indígenas son obstáculos para un negocio: su conocimiento del territorio revela una transformación que los mapas, por sí solos, pueden mostrar sin llegar a explicar.

La evidencia debe convertirse en memoria y protección

Los mapas satelitales, los testimonios de Arazaire y los datos sobre las microcuencas trazan una cronología que debe preservarse. Registrar dónde había ríos, quebradas, peces y bosque antes de la expansión de las pozas permite dimensionar el despojo y evita que el deterioro quede reducido a un paisaje habitual. Cada fotografía, testimonio comunitario y mapa comparativo ayuda a sostener la memoria de lo que fue alterado.

En Venezuela, esa evidencia ciudadana y ambiental debe circular y resguardarse como expediente público frente a cualquier intento de borrar el daño en la cuenca del Caroní. Una futura Venezuela libre, con instituciones independientes reconstruidas, tendrá que investigar la destrucción documentada y establecer responsabilidades. Mientras tanto, la preservación pública de los datos protege la posibilidad de verdad, reparación y defensa de los ecosistemas.

La Amazonía no necesita más agua aparente en los mapas; necesita ríos que puedan sostener vida. Las 33 mil hectáreas perdidas y las comunidades obligadas a comprar agua son una advertencia concreta para toda la región: ningún modelo que expulsa a los animales de sus hábitats y aparta a los pueblos de sus fuentes de agua puede presentarse como desarrollo.

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