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La ONU, bajo la lupa internacional: 130 líderes se reúnen entre guerras y dudas sobre su capacidad de respuesta
La 81.ª Asamblea General entra en su semana de alto nivel en Nueva York, con cerca de 130 jefes de Estado y de gobierno previstos para intervenir. Los conflictos de Oriente Medio, Gaza, Ucrania, Sudán y otros frentes, junto con la crisis marítima, el clima y la inteligencia artificial, marcarán un foro cuestionado por sus límites y tensiones financieras.

El mundo llega a Nueva York con demasiados frentes abiertos
Alrededor de 130 jefes de Estado y de Gobierno tienen previsto intervenir desde el martes en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, cuando las guerras, la inseguridad marítima y el temor a una inteligencia artificial sin controles se cruzan con el costo de vida de millones de personas. La 81.ª sesión abre su tramo de mayor visibilidad con una pregunta que atravesará cada discurso: si la organización aún puede transformar la alarma global en decisiones capaces de reducir daños reales.
La semana de alto nivel concentra a dirigentes de 193 Estados miembros en un momento en que ningún conflicto parece aislado. Associated Press situó en el centro de la agenda las guerras y crisis en Irán, Gaza, Ucrania, Sudán, Congo y Myanmar, además de la tensión energética y marítima de Oriente Medio. A esa lista se suman los efectos de las rutas bloqueadas, las cadenas de suministro alteradas y los choques climáticos que ya presionan los precios y el crecimiento.
La agenda oficial prevé que el secretario general, António Guterres, abra la serie de intervenciones con su balance sobre la situación mundial. Donald Trump y Emmanuel Macron figuran entre los dirigentes esperados para el martes; Volodymyr Zelenskyy y Masoud Pezeshkian están programados para el miércoles. La concentración de nombres no garantiza acuerdos, pero confirma que la Asamblea sigue siendo el espacio donde los choques más graves del planeta quedan expuestos ante la misma sala.
Las guerras llegan al plenario sin una respuesta común
Gaza, Ucrania, Sudán, Congo, Myanmar e Irán no llegarán a Nueva York como asuntos secundarios. Cada uno plantea una combinación distinta de violencia, desplazamiento, rivalidades regionales o amenazas a la seguridad internacional, pero todos presionan a una organización diseñada para evitar que las crisis escalen sin límite. La coincidencia de tantos frentes deja poco margen para que los discursos se refugien en fórmulas generales.
El problema no es únicamente describir el alcance de las guerras, sino enfrentar la falta de una salida compartida. La Asamblea General reúne a todos los Estados miembros, mientras que el Consejo de Seguridad conserva una estructura marcada por el poder de veto de Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia. Esa arquitectura, heredada de la Segunda Guerra Mundial, vuelve más visible la distancia entre la urgencia de los conflictos actuales y la capacidad de respuesta del sistema multilateral.
Las intervenciones de esta semana mostrarán qué gobiernos están dispuestos a sostener posiciones públicas frente a esas crisis y cuáles limitan su papel a declaraciones de principio. La presión sobre la ONU no nace de una expectativa abstracta: cada bloqueo diplomático prolonga un escenario en el que la guerra domina la agenda y las poblaciones afectadas quedan a merced de decisiones tomadas lejos de sus vidas cotidianas.
La crisis marítima convierte la agenda exterior en una factura cotidiana
La situación de Oriente Medio también coloca la energía y la navegación comercial en el centro de la discusión. Associated Press advirtió que las rutas de transporte bloqueadas y las cadenas de suministro interrumpidas aumentan el costo de vida y frenan el crecimiento. Por eso, la crisis no queda reducida a mapas militares ni a disputas entre capitales: sus efectos se trasladan a los precios que pagan hogares y empresas en países que no participan directamente en el conflicto.
Ese vínculo alcanza a América Latina sin necesidad de forzar una relación política particular. Una alteración prolongada de los flujos marítimos puede encarecer el traslado de bienes y volver más inestable un escenario económico ya afectado por desigualdades entre países y dentro de ellos. La Asamblea enfrenta así un reto doble: hablar de seguridad internacional mientras el impacto de la inseguridad se mide también en costos, abastecimiento y expectativas de crecimiento.
La discusión sobre precios incorpora además una dimensión social que suele quedar eclipsada por las grandes declaraciones. Los choques climáticos, la energía y el comercio atraviesan la vida diaria de cientos de millones de personas, según el panorama descrito por AP. La semana de alto nivel pondrá a prueba si los líderes conectan esas consecuencias con medidas concretas o si las dejan diluidas entre mensajes de preocupación sin capacidad de alterar la trayectoria de las crisis.
La inteligencia artificial deja de ser un debate de especialistas
La inteligencia artificial será otro de los asuntos que compitan por atención en Nueva York. El debate llega marcado por el temor a que un desarrollo sin controles suficientes pueda convertirse en una amenaza para la humanidad, una preocupación que AP incluyó entre los grandes desafíos de la reunión. No se trata de un detalle tecnológico dentro de una agenda cargada: plantea quién fija límites, cómo se distribuyen los beneficios y qué ocurre cuando las decisiones superan la velocidad de las reglas existentes.
La dificultad para la ONU consiste en discutir esa amenaza en un mundo dividido por guerras y rivalidades estratégicas. Los mismos países llamados a acercar posiciones sobre inteligencia artificial compiten por capacidad tecnológica, influencia económica y ventajas de seguridad. Esa tensión puede convertir la promesa de cooperación global en otro terreno de disputa, precisamente cuando las reglas que se adopten podrían afectar a sociedades mucho más allá de los Estados que lideran el desarrollo de estas herramientas.
El clima completa un cuadro en el que las crisis ya no caben en compartimentos separados. El calentamiento global, los fenómenos extremos, las desigualdades y la fragilidad económica aparecen en la misma agenda porque sus efectos se potencian entre sí. La Asamblea no resolverá por sí sola esos problemas en una semana, pero deberá responder a una realidad evidente: aplazar decisiones en cualquiera de esos frentes eleva el costo de enfrentar los demás.
Una organización bajo presión financiera y con relevo a la vista
La ONU llega a esta cita con cuestionamientos sobre su eficacia y con presiones financieras que agravan el examen político. A sus 81 años, la organización mantiene una capacidad única de reunir a 193 países, pero su estructura de poder continúa reflejando el orden de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial más que la distribución de influencia del siglo XXI. Esa distancia alimenta el reclamo de reformas en el momento de mayor acumulación de crisis.
Los Estados miembros han acordado un paquete amplio de reforma que incluye la actualización de instituciones clave, entre ellas el Consejo de Seguridad. Sin embargo, alcanzar un acuerdo de principio es muy distinto de modificar un sistema donde cinco potencias conservan un veto determinante. La discusión sobre la reforma no es un asunto administrativo: define si los países que no pertenecen a ese núcleo tendrán mayor peso cuando se debatan conflictos que afectan a regiones enteras.
También se abre una disputa silenciosa por el próximo liderazgo de la organización. El segundo mandato de António Guterres termina el 31 de diciembre y, según AP, todavía no ha surgido un sucesor claro. Entre discursos de alto nivel, guerras activas y restricciones presupuestarias, la Asamblea General arranca con una tarea que no admite maquillaje: demostrar que reunir al mundo sigue sirviendo para algo más que registrar sus desacuerdos.